Pasaron seis meses desde que el Palacio de Hacienda prometió el arranque de “los mejores 18 meses de la historia” para la economía argentina. Hoy, con un tercio de ese tiempo consumido, la realidad diaria muestra una foto bastante más compleja que la del discurso oficial. Aunque la inflación dio un respiro claro y volvió a perforar el piso del 2% mensual en agosto, la calle sigue fría: el consumo no arranca, la actividad industrial no levanta cabeza y el mercado de trabajo formal muestra señales de desgaste que ya preocupan al sector productivo.
El balance de este primer tramo deja ver una economía funcionando a dos velocidades muy distintas. Por un lado están los sectores ganadores, como el agro, la energía y la minería, que aportan dólares y marcan récords de exportación. Por el otro lado queda el resto de la sociedad. El comercio minorista, las pymes y la construcción siguen atrapados en un escenario recesivo donde la plata sencillamente no alcanza para traccionar las ventas.
A la par, los indicadores de financiamiento internacional tampoco trajeron las alivios esperados. El riesgo país, en lugar de profundizar su camino hacia abajo para permitir el regreso al crédito, escaló desde los 525 hasta rondar los 589 puntos básicos. Desde el Gobierno le echan la culpa a los vaivenes del contexto internacional —con el precio del petróleo flojo y tasas altas afuera— y a las tensiones políticas locales en un año que ya empieza a oler a campaña electoral. Sin embargo, para la mayoría de los consultores privados la explicación está en casa: el poder adquisitivo de los salarios no llega a recuperarse del todo y las familias tienen cada vez menos margen para endeudarse o consumir.
Las miradas ahora están puestas en lo que pueda pasar durante los próximos doce meses. La apuesta del equipo económico es que la estabilidad del dólar y una inflación en niveles más bajos le ganen espacio al ajuste y reactiven el crédito privado. Hay analistas que ven una pequeña luz al final del camino si se activan obras puntuales, concesiones viales o proyectos energéticos que le den un impulso extra a la construcción. Pero incluso en el mejor de los casos, coinciden en que la mejora será gradual y heterogénea, lejos del boom inmediato que se anunció a principios de año.
Por su parte, el Presidente sostiene la firme convicción de no ceder ni un milímetro en el equilibrio fiscal ni apelar a la emisión monetaria para acelerar la recuperación. Sabe que romper esa regla dinamitaría la confianza de los mercados y dispararía la tensión cambiaria. La gran incógnita de fondo es si esta estrategia de ordenamiento macro económico alcanzará para encender los motores del consumo interno a tiempo, o si la economía continuará reptando por un sendero de recuperación frágil justo cuando la sociedad vuelva a ser convocada a las urnas.
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