En los pasillos de Balcarce 50 el aire corta como una navaja. Karina Milei, la verdadera armadora del poder libertario, pasa los días abriendo y cerrando puertas para sofocar incendios que brotan en todos los frentes. La última semana expuso sin filtro las grietas de una gestión que tropieza con sus propios cordones. Entre las desregulaciones impetuosas de Federico Sturzenegger, los cachetazos en el Congreso y una microeconomía que no afloja en el bolsillo, "El Jefe" tomó una decisión drástica: ponerle un cerrojo al despacho presidencial para frenar el desgaste antes de que la factura política sea impagable.
El detonante fue una seguidilla de porrazos evitables en apenas siete días. El descalabro fluvial por la desregulación de los prácticos, la resistida derogación de la Ley del Libro y el rechazo en el Senado a la venta de tierras a extranjeros colmaron la paciencia de la mesa política oficialista. La bronca del karinismo no es solo con Sturzenegger por moverse como un librepensador, sino con la falta de olfato de Javier Milei para evaluar los costos de lo que valida. Para desactivar ese cortocircuito, Karina ordenó la "Operación Tabique": salvo Luis Caputo, cualquier proyecto ministerial deberá pasar primero por el filtro de Diego Santilli antes de llegar a Olivos. La consigna es aislar al Presidente, filtrarle los temas y evitar que salga de las reuniones entusiasmado con ideas que terminan en bochorno legislativo.
Pero el blindaje en la Rosada es solo una de las tantas batallas que Karina libra en simultáneo. Mientras intenta equilibrar el tablero interno —donde las tensiones con Santiago Caputo y los celos entre funcionarios laten a diario—, la secretaria general puso la proa hacia la provincia de Buenos Aires. Con la mirada fija en las elecciones de 2027, reunió a la tropa legislativa bonaerense bajo la conducción de Sebastián Pareja para bajar una orden clarísima: la meta es disputar la gobernación y conquistar al menos 70 intendencias. La hoja de ruta incluye movidas efectistas como impulsar una reforma constitucional para eliminar el Senado provincial e ir hacia una Legislatura unicameral, una bandera para marcar la cancha aunque hoy los números no alcancen en los recintos.
Para concretar semejante despliegue territorial e institucional, el oficialismo entiende que el camino no pasa por la especulación, sino por una sólida negociación política y parlamentaria. En el PRO tienen claro que la confluencia es estratégica, pero ya dejaron sentado que no firmarán cheques en blanco ni avalarán proyectos a ciegas. El esquema busca repetir la alianza electoral con el espacio conducido por Cristian Ritondo y los sectores afines de la UCR bajo Maximiliano Abad, sumando las 13 intendencias amarillas y los 27 municipios radicales como un piso necesario para plantarle pelea al peronismo.
Sin embargo, el frente más complejo no se resuelve en los despachos del Congreso ni negociando con gobernadores, sino en la calle. Con las encuestas marcando que casi un 60% de la población califica la situación económica como mala y un pesimismo creciente de cara al futuro, el discurso de la teoría macroeconómica choca a diario con la realidad del ciudadano común. Entre editarle la agenda al Presidente, contener las internas y sostener los acuerdos parlamentarios, Karina Milei atraviesa su momento más determinante: sabe que si las puertas del Gobierno no contienen la crisis de la microeconomía, el sueño de la reelección en 2027 corre el riesgo de quedarse sin picaporte.
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