El reciente y ponzoñoso mensaje de Máximo Kirchner en Parque Lezama no hizo más que dinamitar los puentes que quedaban en pie, instalando una certeza brutal en el seno del Partido Justicialista: el kirchnerismo prefiere ver al peronismo derrotado en 2027 antes que permitir que gane alguien fuera de su estricto feudo familiar. Es la lógica del escorpión, el egoísmo llevado al extremo patológico de preferir perderlo todo con tal de que el otro no gane.

Este internismo psicótico ocurre a espaldas de una sociedad asfixiada, en un laberinto sin salida donde la única agenda es el ombligo de sus dirigentes. El cristinismo duro ha decidido secuestrar la estrategia electoral bajo una premisa delirante: exigir pleitesía absoluta a una conducción que ya no conduce, sino que arrastra. La realidad es inapelable: Cristina Fernández de Kirchner ha perdido un peso colosal dentro del peronismo. Con el cerco judicial definitivamente cerrado y su libertad cercenada, la jefa del Instituto Patria padece un aislamiento estructural. Presa es muy poco el campo de acción real que puede desplegar para ordenar una tropa que ya aprendió a desobedecer en voz baja. Condenada a la inacción física, su figura mutó de faro estratégico a un ancla pesadísima que hunde cualquier intento de renovación y ahuyenta al electorado moderado.

En la otra vereda de este ring de la decadencia se encuentra Axel Kicillof. El gobernador bonaerense pretendía erigirse como el heredero natural, la renovación de una épica gastada, pero la verdad ha salido a la luz con la violencia de un tsunami económico. Kicillof no llega a cumplir, ni de cerca, las expectativas del peronismo. Carece del volumen político y del carisma para amalgamar las distintas vertientes del PJ, y su gestión se ha transformado en el peor enemigo de sus ambiciones presidenciales.

La provincia de Buenos Aires hoy no es el trampolín de Kicillof; es su lápida. El territorio bonaerense está completamente destruido, tanto en lo material como en lo financiero. Las rutas son trampas mortales, los hospitales públicos carecen de insumos básicos y las escuelas sobreviven en el colapso estructural. Financieramente, la provincia es un paciente en terapia intensiva, devastada por una emisión encubierta de deuda, un déficit descomunal y una dependencia absoluta de un asistencialismo que ya no tiene fondos que repartir. Kicillof transformó al principal motor productivo del país en un desierto administrativo inviable, demostrando que su pericia macroeconómica era apenas un mito de manual universitario.

Frente a esta debacle, la respuesta de La Cámpora y el núcleo duro de los Kirchner es de una irresponsabilidad criminal. En lugar de rescatar la provincia o proponer un programa serio para enfrentar al gobierno de Javier Milei, se dedican a facturarle a Kicillof que "no viaja los 60 kilómetros desde la gobernación a ver a Cristina". Reducen la política nacional a un problema de modales domésticos y solidaridad carcelaria. Desde el kicillofismo ya lo admiten con amargura: "Demostraron que prefieren perder a que gane Axel". Prefieren la fractura expuesta en unas PASO sangrientas o, peor aún, la fragmentación directa del peronismo en listas separadas.

Es el canibalismo kirchnerista en su máxima expresión. Su pulsión no es la victoria del movimiento, sino el monopolio del veto. Saben que un peronismo ganador sin el apellido Kirchner en la boleta representa su jubilación definitiva. Por eso, prefieren conservar un humilde y genuflexo veinte por ciento de los votos que les garantice bancas legislativas y fueros antes que un triunfo peronista amplio que los obligue a ceder la lapicera.

El peronismo federal y los intendentes del conurbano observan el espectáculo con fatiga crónica. La sociedad, exhausta de ver cómo sus gobernantes se disputan el control del Titanic mientras se hunde, les pasará factura. Al kirchnerismo ya no le importa el país, ni el trabajador, ni la justicia social; sólo les queda la adicción patológica a un poder que se les escurre entre los dedos ensangrentados de tanto morder a los propios.