No levantamos la copa, pero parece que nos ganamos el resentimiento del planeta entero. ¿Te diste cuenta de cómo, de un día para el otro, las redes se llenaron de insultos y campañas de desprestigio contra nuestro país? No es casualidad. Hay una maquinaria tremenda detrás de todo esto. Natalia Pettinari —Magíster en Relaciones Internacionales, Licenciada en Ciencia Política e investigadora especializada en Geopolítica Digital y Comunicación Transnacional— lo explica cortito y al pie: "Lo que vemos en las redes no es espontáneo. El fútbol es apenas la excusa para soltar pasiones acumuladas en una mezcla tóxica de algoritmos que lucran con la bronca, y la envidia por el que siempre gana y además se suma nuestro propio lío político."
Pasa en la vida y en el deporte: la gente se cansa del que domina. Ver a la Argentina festejar agota a los de afuera. Y cuando el equipo sacó esa bandera de "Las Malvinas son argentinas", nuestro orgullo fue la excusa perfecta para que la prensa europea saltara a la yugular. Pettinari reflexiona sobre esto: "Malvinas es una causa nacional e innegociable. Pero afuera transformaron una bandera histórica en una 'provocación geopolítica', reencuadrando nuestro orgullo como una amenaza."
Ahí entra el negocio sucio de las plataformas. No premian lo bueno, premian el insulto. Decir que la Selección juega bien no da un peso; en cambio, tildarnos de racistas o violentos hace que los números exploten. Diarios como The Telegraph o Sport no dudaron en ensuciar a los jugadores. Pettinari lo sintetiza genial: "Las Big Tech no buscan la verdad, buscan interacciones. La polarización genera muchísima más repercusión que la empatía, y a la Argentina la eligieron como el villano perfecto para facturar."
Según la consultora Ad Hoc Digital, hubo más de 2,7 millones de publicaciones tirando veneno durante el torneo. Hasta figuras como Samuel L. Jackson saltaron a decir que somos el país más racista del mundo, mientras Mía Khalifa o Niall Horan se burlaban de la soberanía de las islas. Pegarle a la Argentina se volvió una moda hiper rentable.
A esto se le suma la política local. Pettinari advierte que los discursos del presidente Javier Milei y sus posturas en la ONU terminan amplificando viejos prejuicios: "El relato externo se alimenta de lo que proyectamos. La retórica oficial actual sirvió para que afuera validen estereotipos y confundan nuestra autoconfianza con soberbia."
Lo más absurdo de que nos corran con el racismo es que va totalmente a contramano de lo que somos. Argentina se hizo con barcos llenos de inmigrantes escapando del hambre y de la guerra. Hoy nuestras escuelas, universidades y hospitales reciben a cualquiera sin mirar de dónde viene. En cualquier barrio tenés al chino del súper, al boliviano de la verdulería y al español del almacén conviviendo con total normalidad. Ese es nuestro ADN, un crisol solidario que esta campaña barata prefiere ocultar porque la integración real no genera clics.
Al final, la salida depende de nosotros. Pettinari concluye: "La batalla no se gana respondiendo cada ataque. Hay que entender cómo funciona el negocio y dejar de reaccionar para sacarle el combustible al algoritmo." La próxima vez que veas una provocación, pasá de largo. Ese clima asfixiante no es lo que el mundo piensa de nosotros; es solo una plataforma juntando plata con nuestra calentura.
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