El eco de la Catedral Metropolitana devolvió este 25 de Mayo un mensaje diametralmente opuesto al dogma libertario que impera en la Casa Rosada. En una jornada patria atravesada por las feroces internas del oficialismo y el gélido termómetro social, la Iglesia Católica le propinó a Javier Milei un severo y contundente llamado de atención. Sin eufemismos ni diplomacia clerical, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, plantó bandera frente al rostro impertérrito del jefe de Estado para exigir el cese de la violencia discursiva, condenar el "terrorismo de las redes" y advertir sobre un inminente desmembramiento social. Fue una homilía mordaz que desnudó la fragilidad de un gobierno que parece más cómodo en la trinchera virtual que en la gestión de la realidad tangible.
El Presidente llegó al mayor templo porteño escoltado por su núcleo duro, en un intento de exhibir fortaleza en medio de evidentes fracturas. Caminó desde la sede gubernamental flanqueado por su hermana Karina, el estratega Santiago Caputo, el titular de Diputados Martín Menem y el vocero Manuel Adorni. Sin embargo, las ausencias y los desaires gritaron más fuerte que las presencias. La vicepresidenta Victoria Villarruel, excluida deliberadamente de la invitación al Tedeum, y la funcionaria Patricia Bullrich, a quien se le impidió sugestivamente el ingreso al Cabildo minutos antes, confirmaron que Milei decidió llevar la crudeza de su interna al altar de la patria. Fue en este clima de innegable tensión palaciega donde las palabras del primado argentino cayeron como un mazazo sobre el relato oficial.
Con la mirada fija en los primeros bancos, García Cuerva apuntó al corazón del modus operandi comunicacional del Gobierno. Al comparar a los antiguos escribas que criticaban los milagros desde su comodidad con los agitadores digitales de la actualidad, el arzobispo fustigó a los odiadores y denunció un verdadero terrorismo de las redes. Fue un dardo ineludible hacia la armada virtual que milita el proyecto oficialista a fuerza de difamación y escarnio público. "Viven de privilegios, alejados del común de la gente, perdieron la sensibilidad con los que sufren", sentenció el religioso, exigiendo de manera tajante a la cúpula dirigencial: "Basta de arengar la división y la polarización".
La lectura social de la Iglesia no dejó ningún margen para interpretaciones anarcocapitalistas. García Cuerva advirtió que la sombra de una oscura nube de ruptura asoma en el horizonte, motorizada por un individualismo cruel que destruye los vínculos de fraternidad y reduce a la Nación a una mera suma de individuos que buscan salvarse a sí mismos sin importar el prójimo. Esta refutación frontal al sálvese quien pueda estuvo acompañada de una defensa irrestricta de los sectores más vulnerables. Recordando las máximas del papa Francisco, el prelado subrayó que nadie es descartable, poniendo en primer plano a jubilados, niños, personas con discapacidad y trabajadores precarizados, a quienes definió como víctimas con derechos largamente postergados.
Mientras el arzobispo reclamaba una clase dirigente que de una vez por todas se anime al diálogo, al encuentro y a la reconciliación dejando de lado sus mezquindades, el mandatario mantuvo un semblante de piedra, apenas matizado por un protocolar saludo final al jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri. La Iglesia dejó en claro que la resiliencia y el enorme esfuerzo del pueblo argentino no encuentran correspondencia en la conducción política actual. Así, este 25 de Mayo no fue escenario de un festejo triunfalista ni de complacencia, sino el inquebrantable atril desde el cual la institución eclesiástica trazó un límite ético frente a la crueldad, exigiendo empatía a un poder anestesiado frente al dolor ajeno.
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