Argentina asoma fracturada en dos realidades que conviven bajo el mismo cielo político. Por un lado, la Casa Rosada exhibe una macroeconomía de pizarrón: crecimiento anual de la actividad del 5,5%, avance del 3,5% en marzo y una inflación que descendió al 2,6%. A esto se suman un superávit comercial de 8.900 millones de dólares y la promesa de una inversión de 25.000 millones de YPF. Sin embargo, la microeconomía de los hogares muestra una copa que se llena pero jamás derrama. En la calle, los salarios registrados perdieron contra la inflación por tercer mes consecutivo, cayendo 2,1% frente al 3,4% de marzo. Tras poco más de dos años de gestión libertaria, el entramado productivo cruje con una pérdida del 4,8% en empleadores y un retroceso del 3,3% en empleados formales, forzando a miles de ciudadanos a buscar un segundo empleo para subsistir.

Esta dualidad expone un modelo de país partido al medio, donde los habitantes son beneficiados o condenados por la misma política económica. Incluso el celebrado superávit fiscal esconde deudas millonarias acumuladas por el Estado: 12.500 millones de pesos con el sector eléctrico, 115.000 millones con las empresas de transporte de colectivos y más de 120.000 millones con las líneas de trenes, postergaciones que ya castigan severamente la calidad de servicios públicos esenciales como el transporte y la salud.

En este complejo escenario, el fantasma de Mauricio Macri emerge como un factor de discordia y advertencia dentro del propio Gobierno. Mientras la interna entre la secretaria general Karina Milei y el asesor Santiago Caputo alcanza niveles febriles, el expresidente juega un rol de espejo incómodo. Caputo propone ampliar alianzas e incluso ceder la Capital al PRO para blindar la reelección de Milei. Karina, en cambio, opta por la intransigencia dogmática y celebra los ataques del mandatario hacia el líder del PRO, a quien Milei acusa de no hacer el ajuste y avasallar la autonomía del Banco Central. Macri no tardó en responder con crudeza, calificando al libertario como un profeta de liderazgo emocional con poco entusiasmo por la gestión cotidiana, recordándole la necesidad de rodearse de voces capaces de decirle que no.

La tensión interna, evidenciada en la renuncia de Federico Angelini en el Ministerio de Seguridad de Alejandra Monteoliva por el hostigamiento hacia Patricia Bullrich, convive con una preocupante degradación de la agenda pública. La reciente viralización de audios íntimos entre el mandatario y la asesora Rosemary Maturana, utilizados por las usinas digitales del oficialismo para desviar la atención de sospechas de corrupción y del ahogo económico, amenaza de manera directa con mimetizar algunas de las prácticas libertarias con los vicios del pasado kirchnerista, profundizando la dolorosa brecha de una Argentina sumida en la más profunda incertidumbre.