Bienvenidos a la Argentina, ese rincón del mundo donde las leyes de la física y la lógica se suspenden en favor de una verdad absoluta: si un gobernante tropieza, no es por su ceguera, sino porque un cronista malintencionado puso un micrófono en su camino. Durante los últimos cuarenta años, hemos perfeccionado un deporte nacional mucho más popular que el fútbol: la caza del mensajero. Porque, seamos realistas, ¿quién tiene tiempo para gestionar la economía cuando hay que estar ocupado insultando a un tipo con una libreta?

Todo comenzó con el "Padre de la Democracia", Raúl Alfonsín. El pobre Raúl, mientras la economía se manejaba con la pericia técnica de los autitos chocadores del viejo Italpark bajo el mando de Sourrouille, descubrió que el problema no era la hiperinflación, sino la "tergiversación" de los medios. Qué falta de respeto la de la prensa, informar que el Austral valía menos que un billete del Estanciero. Clarín y La Nación eran, claramente, los culpables de que el dinero se derritiera en las manos de la gente. El error de Alfonsín fue sembrar la semilla: si algo sale mal, el diario de mañana tiene la culpa.

Luego tuvimos un recreo. Curiosamente, en la era de Carlos Menem, donde se lo caricaturizó hasta el cansancio y se lo atacó desde cada rincón de la izquierda y el radicalismo, el hombre se limitaba a lucir sus patillas y dejar que el mundo girara. Lo mismo pasó con Mauricio Macri, que entre timbreos y retiros espirituales, se olvidó de que para ser un "buen" presidente argentino hay que tener un enemigo con cámara. Qué aburridos, ¿verdad? Dejaron que la prensa hiciera su trabajo de informar sin siquiera intentar cerrar un canal. Unas anomalías democráticas intolerables.

Pero la épica volvió con Néstor Kirchner. Ah, la "confrontación directa". Él nos enseñó que las conferencias de prensa son para los débiles y que señalar con el dedo a un periodista en un acto público es la máxima expresión de la justicia social. El "lobby" y el manejo corporativo eran los villanos, mientras su socio Lázaro Báez, en un arranque de emprendedurismo envidiable, se compraba media Patagonia con los ahorros de una vida dedicada al... bueno, a la amistad profunda.

Y qué decir de Cristina. La arquitecta egipcia de la confrontación llevó el arte a otro nivel: la "derecha mafiosa", el "ensobrado" y los "medios hegemónicos". Mientras se denunciaba a la prensa por buscar su proscripción, un PBI entero jugaba a las escondidas y Felisa Miceli encontraba "un vuelto" olvidado en el botiquín del baño del Ministerio de Economía. ¡Qué mala suerte tuvo Felisa! Cualquier periodista decente debería haber entendido que un fajo de billetes en un baño es solo una forma heterodoxa de ahorrar. Pero no, la prensa insistía en que era un delito. Malvados.

Luego llegó Alberto Fernández, el gran imitador. Alberto gritaba para convencernos de que él mandaba, mientras aplicaba el guion de los "medios hegemónicos". Esos mismos medios que, con total malicia, contaban los 100 mil muertos de la pandemia mientras nosotros estábamos encerrados para no comprar las vacunas que a "la jefa" no le gustaban. ¿Estrago doloso? ¡Por favor! Eso es un invento de la prensa. Alberto solo quería que disfrutáramos de la paz del hogar, aunque el hogar fuera una celda económica.

Kicillof, otro genio incomprendido, nos regaló la estatización de Aerolíneas Argentinas, que nos costó un juicio de 14 mil millones de dólares. Pero la culpa no es del que firma contratos leoninos, sino del cronista que se atreve a preguntar por la inflación y hace que el ministro se levante y se vaya porque "se siente incómodo". Es que la verdad es muy poco estética, ¿saben?

Y finalmente, llegamos al presente. Javier Milei, sus perros, su hermana y su "Conde de la Cascada". El hombre que ha elevado el insulto a la categoría de política de Estado. Para Milei, el periodista no es un profesional, es un "ensobrado", un "mentiroso" o directamente un enemigo de la libertad. Entre Libra, Andis y gastos que nadie sabe explicar, la receta sigue siendo la misma: si el ajuste duele, es porque el periodismo lo cuenta demasiado fuerte.

Es fascinante. En 40 años, los ministros pasaron, los bolsos volaron, las empresas se fundieron y las vacunas faltaron. Pero los culpables siempre fueron los tipos que se levantan a las cinco de la mañana para escribir una nota. Los periodistas argentinos deben ser seres mitológicos con poderes sobrenaturales: tienen la capacidad de quebrar un país solo con un titular, mientras los funcionarios, pobres ángeles caídos, solo intentan salvarnos de la realidad que ellos mismos crearon.

Gracias, señores presidentes. Gracias por enseñarnos que la corrupción no existe si no sale en el diario, y que el hambre es solo una construcción gramatical de la prensa opositora. Sigan gritando; el papel aguanta todo, pero el país ya no.