Federico Sturzenegger está experimentando un cambio de clima bastante palpable dentro del Gobierno. En las últimas horas, varios funcionarios empezaron a marcar sus diferencias con el ministro de Desregulación, amparados en cierto fastidio que Karina Milei dejó trascender por los recientes traspiés legislativos. No se trata de ensañarse con quien tropieza momentáneamente, sino de leer con madurez el nuevo escenario: Sturzenegger sigue siendo el mismo profesional enfocado en sus objetivos, y sus ideas también lo son, pero el contexto político y social en el que se mueve cambió por completo. Para sumar una capa más de complejidad a esta semana, el presidente Javier Milei, su principal y más firme defensor público, se encontraba de viaje en el exterior, dejando al ministro sin su mayor respaldo en el día a día.

El Senado fue, en definitiva, el escenario de una derrota política que dejó lecciones profundas para el oficialismo. La Ley de Inviolabilidad de Propiedad Privada logró avanzar, es cierto, pero no sin antes sufrir modificaciones estructurales. El punto de inflexión en esta historia fue el rol clave que jugaron los aliados políticos. Los bloques que habitualmente acompañan los movimientos del Gobierno decidieron marcar la cancha con firmeza y dejaron en claro que su apoyo parlamentario no es un cheque en blanco. Fue por esa sana pero firme presión que el controvertido capítulo que habilitaba la extranjerización de tierras tuvo que ser retirado del texto. Patricia Bullrich y la bancada libertaria comprendieron que, sin esa concesión indispensable a los aliados, la ley entera corría el serio riesgo de naufragar.

Ante esta luz de alerta, Karina Milei decidió intervenir rápidamente y con un fuerte pragmatismo. La secretaria general de la Presidencia entendió que la dinámica requería un giro de timón urgente y bajó una instrucción innegociable a sus filas: a partir de este momento, todas las iniciativas deben pasar por la revisión exhaustiva de Diego Santilli. El jefe de Gabinete fue ungido como el coordinador general encargado de ordenar el diálogo, escuchar a los gobernadores y, fundamentalmente, cuidar el vínculo con esos legisladores aliados que demostraron tener la llave de cualquier votación. La intención de la Casa Rosada es clara: dejar atrás la etapa en la que los extensos proyectos de desregulación llegaban al Congreso sin el suficiente consenso político previo.

Pero esta necesidad de recalcular los tiempos no responde únicamente a la aritmética legislativa; también está fuertemente atravesada por el clima social. En este sentido, las palabras del arzobispo Jorge Ignacio García Cuerva durante la multitudinaria celebración de San Cayetano tuvieron un eco profundo en el oficialismo. Con un mensaje cordial pero sumamente contundente, el prelado advirtió sobre las enormes dificultades económicas que atraviesan los sectores más vulnerables. Recordó, con un tono pastoral pero realista, que las cifras de pobreza e inflación tienen rostros concretos y lastiman el esfuerzo diario de muchas familias. Este llamado de atención de la Iglesia impactó de lleno en el Gobierno, sumando motivos para equilibrar las reformas de fondo con la sensibilidad que exige la realidad de la calle.

Hoy en Balcarce 50 la mirada es otra. Nadie habla de cancelar o archivar los ambiciosos proyectos de Sturzenegger, pero sí coinciden en que necesitan una fuerte dosis de moderación política. El diagnóstico interno es transparente: las reformas siguen siendo el norte de la gestión, pero ya no pueden llevarse por delante la construcción de los acuerdos necesarios. El desafío central que tiene Karina Milei de ahora en más, especialmente cuando el Presidente retome su agenda local tras el viaje, será sostener esta nueva estrategia de consenso. Se trata, en definitiva, de asumir que en el complejo tablero argentino los aliados son vitales y que saber leer el termómetro social es el mejor camino para gobernar.