Mientras los problemas domésticos se acumulan en la Casa Rosada, el presidente Javier Milei prefirió armar las valijas este fin de semana y viajar a San Pablo para hacer lo que mejor le sale: montar un espectáculo. En la Convención Nacional del Partido Liberal, se calzó la camiseta de jefe de campaña del senador Flávio Bolsonaro y, de paso, le tiró con todo al gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.
A viva voz y ante una multitud entusiasta, Milei lanzó dardos directos contra el mandatario brasileño. Términos como “ladrón”, “presidiario” y “totalitario” sobrevolaron el recinto, rompiendo de un plumazo los mínimos códigos de diplomacia entre los dos socios principales del bloque regional. Tampoco se salvó el magistrado Alexandre de Moraes, blanco recurrente de la derecha brasileña.
En Brasilia la reacción fue inmediata. En el Palacio do Planalto ya venían advirtiendo que no tolerarían agresiones personales contra su presidente, pero al argentino poco le importó cruzar la línea roja. Edinho Silva, titular del Partido de los Trabajadores, calificó la intervención de “inadmisible” y remarcó que el libertario simplemente “no está a la altura del cargo”. Por su parte, el presidente del Supremo Tribunal Federal, Luiz Edson Fachin, tildó de “irrespetuosa” la embestida contra la Justicia local y recordó la urgencia de mantener la civilidad básica entre Estados.
Sin embargo, mientras Milei invierte energía, recursos y saliva en peleas políticas ajenas para la foto internacional, el verdadero escenario crítico se despliega en el Atlántico Sur. Y ahí el silencio oficial resulta ensordecedor.
Resulta que la petrolera israelí Navitas Petroleum opera plácidamente con el 65% del proyecto Sea Lion, una gigantesca iniciativa de exploración offshore en la cuenca norte de las Islas Malvinas, territorio cuya soberanía Argentina reclama legítimamente. A diferencia de gestiones anteriores, que repudiaban y sancionaban de inmediato el avance ilegal en territorio nacional, la administración libertaria prefirió la vista gorda y el mutismo absoluto.
Para completar el cuadro, la naviera chilena Easter Island Naviera ya negocia abiertamente con las autoridades coloniales británicas de Las Malvinas y la cámara de comercio isleña para establecer un corredor logístico marítimo mensual regular desde Punta Arenas. ¿El objetivo? Abastecer de insumos e infraestructura energética el gran negocio de extracción hidrocarburífera que el Reino Unido consolida en el archipiélago.
La ironía se escribe sola. Con ingleses, israelíes y chilenos articulando sin despeinarse la logística y la caja del petróleo en Malvinas, el Presidente considera una prioridad de Estado viajar a Brasil para enseñarle a los vecinos a quién votar en sus próximas elecciones. Tal vez sea momento de recordar que la banda presidencial argentina se lleva en el pecho para cuidar el patrimonio y los recursos de los argentinos, no para jugar al militante sin fronteras mientras la patria pierde por goleada en el Sur.
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