En una velada que prometía ser el escenario para el protagonismo de Javier Milei, el Salón Golden Center de Parque Norte terminó convirtiéndose en el epicentro de un fenómeno político inesperado: el resurgimiento de Mauricio Macri. La cena anual de la Fundación Libertad, que reunió a la crema de la política regional y al establishment económico, dejó una sensación inequívoca entre los asistentes más influyentes de que el poder real no solo se ejerce desde la Casa Rosada, sino que se proyecta desde la experiencia y la mesura que el titular del PRO logró irradiar durante toda la noche. Mientras Milei optó por un discurso de 65 minutos cargado de tecnicismos y críticas retrospectivas hacia sus predecesores, incluyendo dardos implícitos a la gestión de Cambiemos, la figura de Macri se elevó con la elegancia de quien conoce los hilos profundos del sistema.
El contraste fue quirúrgico y no pasó desapercibido para el círculo rojo empresarial. Mientras el actual mandatario llegaba casi con dos horas de retraso, evitando la recepción general y refugiándose en su círculo íntimo compuesto por su hermana Karina y un Manuel Adorni de mención fugaz, Macri se movió como un pez en el agua entre los hombres de negocios y los líderes internacionales. Los empresarios, que observan con creciente cautela la volatilidad del estilo libertario y las dificultades para consolidar mayorías parlamentarias, encontraron en el ex presidente un interlocutor que habla su mismo idioma de previsibilidad y orden institucional. Para muchos de los presentes, Macri no es solo un aliado estratégico, sino una carta de reserva y una garantía de gobernabilidad que el actual Ejecutivo aún no ha logrado certificar por cuenta propia.
La tensión entre ambos líderes se palpó en el aire cuando el Presidente, al analizar sus logros económicos, exhibió gráficos donde comparaba su gestión con los datos negativos del pasado, ubicando al macrismo en la misma categoría que al kirchnerismo. Este gesto, interpretado por muchos como una ingratitud política innecesaria, provocó que Macri abandonara el salón con un gesto adusto apenas terminó la alocución presidencial. Sin embargo, el daño ya estaba hecho para la narrativa oficialista: en las mesas principales, los comentarios no giraban en torno a la inflación en descenso, sino a la solidez de Macri frente al micrófono. El ex mandatario, en su intercambio con Álvaro Vargas Llosa, se mostró como un estadista de alcance regional, analizando la crisis en Venezuela y el fin del populismo con una profundidad que eclipsó la retórica confrontativa del líder de La Libertad Avanza.
La mirada de los inversores y referentes sociales presentes parece estar girando hacia una conclusión pragmática: Milei es la herramienta necesaria para el ajuste, pero Macri es el arquitecto que los mercados consideran capaz de sostener el cambio en el largo plazo. El encuentro entre el ex presidente y Patricia Bullrich, así como su capacidad para aglutinar a figuras del radicalismo y fuerzas provinciales, reforzó la idea de que el centro de gravedad político sigue pasando por su figura. Al final de la noche, el eco de los aplausos sugirió que, aunque Milei ostenta hoy el bastón de mando, es Macri quien conserva las llaves de la confianza del sector privado, posicionándose como la verdadera pieza clave y la opción de futuro para una Argentina que busca estabilidad real.
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