Basta con salir a la calle o tener una charla rápida en el supermercado para darse cuenta de que el ánimo no es el mejor. Y ahora, los números oficiales confirman exactamente esa sensación térmica. La gente está perdiendo la fe en la economía, y no es por una cuestión de pesimismo ciego, sino porque los números en las cuentas bancarias simplemente no cierran.
Por un lado, el Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella nos tiró un balde de agua fría este mes de julio: cayó más de un 12% si lo comparamos con el año pasado. Lo que más preocupa de este dato es dónde pegó más fuerte. Fueron los hogares de menores ingresos los que sufrieron el golpe más duro, con un derrumbe del optimismo que superó el 11%, mientras que los sectores más acomodados apenas sintieron un roce. Si miramos el mapa, el Gran Buenos Aires lidera este bajón anímico. La plata rinde menos, la situación macro asusta y, cuando le preguntan a la gente cómo ve los meses que vienen, la expectativa se desploma por completo.
Pero la verdadera gravedad de la situación se entiende cuando cruzamos esa falta de esperanza con lo que está pasando en la calle con las deudas. Básicamente, estamos viendo cómo el sistema financiero refleja la asfixia del día a día. Los últimos datos del Banco Central muestran que la morosidad pegó un salto tremendo. Hay casi 5,8 millones de argentinos que hoy están en rojo, es decir, que ya no están pudiendo pagar sus compromisos a tiempo.
Lo más llamativo es lo que pasa con las famosas billeteras virtuales. Esas mismas aplicaciones que usamos a diario para pagar el almacén o transferir plata rápida tienen hoy una tasa de mora del 29,6%. Sí, tres de cada diez personas que sacaron un crédito por ahí no lo pueden devolver. Es un récord absoluto que perforó incluso el techo que habíamos visto en la peor época de la pandemia. Es plata fácil de sacar con un par de clics, pero durísima de cubrir cuando el sueldo queda corto.
En los bancos tradicionales la historia no es mucho mejor. La gente dejó de pagar los préstamos personales y reventó el límite de las tarjetas de crédito. El atraso de las familias con los bancos saltó al 12,3%, algo que nos remonta directamente a niveles de la crisis de 2001.
La conexión es evidente. La confianza se desploma porque el consumidor promedio está ahogado. Cuando los ingresos no alcanzan para llegar a fin de mes, la tarjeta o el préstamo rápido en la app dejan de ser una herramienta de consumo para convertirse en un salvavidas de supervivencia. El problema es que, eventualmente, ese salvavidas hay que pagarlo. Y la foto de hoy nos muestra a millones de familias dándose cuenta de que ya se quedaron sin margen, configurando un escenario económico extremadamente frágil.
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