La drástica caída de la inflación al 2% mensual le devolvió estabilidad al dólar y al riesgo país, pero la contracara es un mercado interno paralizado por la pérdida de ingreso disponible, el ahogo de las deudas familiares y un desempleo juvenil que escala al 16% mientras los sectores industriales y comerciales siguen en recesión.
En la Argentina contemporánea conviven dos realidades opuestas en un mismo territorio. De un lado se ubica la calma financiera; del otro, un consumo que no arranca y el bolsillo familiar exhausto. Para el exministro de Economía del PRO Hernán Lacunza, el escenario actual responde a una metáfora mecánica muy precisa: hoy el país funciona con un motor a fondo y otro completamente apagado.
Las luces verdes del tablero macroeconómico muestran variables que supieron espantar a la sociedad durante décadas. La inflación cayó al 2% mensual, la cotización del dólar se mantiene estable, el riesgo país bajó y la tasa de interés se acomodó. El changuito del supermercado dejó de remarcar precios semana a semana. Sin embargo, al mirar la economía cotidiana de las familias, las luces rojas se encienden sin pausa: la producción está frenada, el consumo no repunta y la falta de trabajo volvió a encabezar las preocupaciones populares, desplazando al fantasma inflacionario.
El origen de esta parálisis en la demanda interna queda en evidencia al analizar el ingreso disponible de los hogares. Tras cubrir los gastos fijos del mes, el dinero restante para vivir se redujo a niveles críticos. En la actualidad, cerca de un 25% del presupuesto familiar se destina únicamente a saldar facturas de servicios públicos, alquileres y expensas —rubros que años atrás demandaban un 15%—. A ese compromiso de entrada se le suma un 24% adicional asignado al pago de cuotas por deudas acumuladas. En términos sencillos, la mitad del sueldo desaparece durante los primeros días del mes, mucho antes de comprar el primer alimento. Esta asfixia explica de forma directa el aumento en la morosidad: frente al recorte, la gente elige pagar la luz para evitar el corte del suministro y posterga las cuotas de los créditos.
Esta recuperación heterogénea también deja ver una fuerte brecha territorial y productiva. Los sectores que hoy traccionan la economía —la minería y la energía en la franja cordillerana, junto al agro en la pampa húmeda— emplean en conjunto a unos 250.000 trabajadores directos. En la vereda opuesta se encuentran la industria, la construcción y el comercio, ubicados principalmente en el conurbano bonaerense y los grandes centros urbanos de Córdoba y Rosario. Estos últimos rubros concentran cerca de ocho millones de empleos directos (cuatro millones en comercio y cuatro millones entre industria y construcción). La fuerza laboral del país está parada sobre los sectores golpeados.
En este marco, el mercado de trabajo expone su rasgo más vulnerable en el segmento joven. Entre los menores de 29 años, la tasa de desempleo ronda el 16%, una cifra que triplica el 5% registrado entre los mayores de 30 años. La falta de trayectoria y la precariedad empujan a las capas jóvenes —un sector clave que respaldó en las urnas la propuesta oficialista en 2023— hacia el cuentapropismo informal, afectando especialmente a las mujeres.
Hacia adelante no asoma un salto repentino en las billeteras. Los salarios reales, en el mejor de los casos, apenas lograrán empatarle a la inflación. La estabilidad macroeconómica logró encender el primer motor, pero el verdadero desafío pasa por encender el segundo antes de que la paciencia social termine de agotarse.
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